En su libro “Ideas. Historia Intelectual de la Humanidad”, su autor, el británico Peter Watson incursiona en las últimas páginas de su voluminoso tratado en el tema del alma y la conciencia y su tratamiento en la ciencia actual.
Especialmente interesante son las conclusiones a las que arriba en el Capítulo “Conclusión”, página 1189, cuando dice por un lado: “La ciencia ha demostrado ser un completo éxito en lo que respecta al mundo “ahí afuera”, pero hasta el momento no ha conseguido hacer los mismo en el área que probablemente más nos interesa a la mayoría de los seres humanos: nosotros mismos”.
El autor agrega que “Más allá de la idea de que el yo es el resultado de la actividad cerebral – de la acción de los electrones y los elementos, si así lo prefieren -, es difícil huir de la conclusión de que, después de todos estos años, todavía no sabemos ni siquiera como hablar acerca de la conciencia, acerca del yo”. Por supuesto que está última afirmación puede ser cierta desde un punto de vista de un científico materialista (que ve al cosmos sólo como el “ahí afuera”) o de un pensador que sin ser científico siga esa misma líneas del pensamiento. Porque si de algo se sabe mucho, y los seres humanos hemos recibido muchas señas y enseñanzas, es sobre la conciencia. Ese sentido innato universal que tenemos de entender lo que está bien y lo que está mal, y que tiene como contrapartida el remordimiento de actuar en contra de su mandato.
Watson después de plantearse esa supuesta insuficiencia de la conocimiento humano – que no es tal – llega a plantearse la alternativa que hemos buscado en vano, al preguntarse. “¿no ha llegado quizás el momento de enfrentar la posibilidad, e incluso la probabilidad, de que la noción platónica de “yo interior” sea equívoca? Esto es que no exista yo interior” para inmediatamente afirmar :“Al buscar “dentro”, no hemos encontrado “nada – nada estable en cualquier caso, nada perdurable, nada sobre lo que podamos establecer consenso, nada concluyente – porque no hay nada que encontrar”.
Cita casi al final de su libro – para no dejar duda de su óptica filosófica - a John Gray, profesor de Pensamiento Europeo en la Escuela de Ciencias Económicas de Londres, quién en su libro “Perros de paja: reflexiones sobre los humanos y otros animales” afirma: “Un zoológico es una mejor ventana desde la cual observar el mundo humano que un monasterio”.
Más allá de que los seres humanos no debemos hacernos monjes para entender sobre nuestro propósito existencial, se ser coherentes con esa línea de razonar, uno podría aprender más sobre cómo vivir mirando un “mono” que estudiando las enseñanzas de alguien como Jesús, u otras santos y sabios de la historia en todas las religiones. Creo que no es necesario dar respuesta a tal opción.
Los científicos materialistas metidos en un callejón sin salida – por ejemplo, cómo explicar de qué forma se desencadenan las reacciones emocionales y las decisiones morales y éticas en nuestro cerebro físico – tratan de salir corriendo hacia adelante para evitar tener que responder a las preguntas que nunca el materialismo ha podido responder en ninguna de sus formas: ¿quién nos creo? ¿cuál es el propósito de la vida? ¿porque cuando no encontramos “nada” dentro de nosotros, la vida se hace insoportable al punto de la depresión y el suicidio?.
Otro británico, el famoso científico Francis Crick, Premio Nobel 1962, que hace medio siglo anunció con el norteamericano James Watson el descubrimiento de la estructura del ADN, se dedico posteriormente al estudio del cerebro.
Meses atrás publico en la revista Nature, que la “conciencia” es “una banal fusión de neuronas del cerebro”. Cualquier similitud con el concepto del materialismo dialéctico que las ideas y la conciencia eran simplemente el reflejo del mundo exterior en el cerebro humano es pura coincidencia.
Francis Crick reafirma que “la convicción científica es que nuestras mentes, el comportamiento de nuestros cerebros, pueden ser íntegramente explicados por la interacción de las células cerebrales”. Junto a Crick, el profesor de ciencias neurológicas del Instituto de Tecnología de California, Christopher Koch, coautor junto con él del estudio dice que “es evidente que la conciencia nace de reacciones bioquímicas del cerebro”.
Que hay reacciones bioquímicas del cerebro que estimulan a actuar de cierta forma, está fuera de discusión. Pero partiendo de una parte de la verdad se quiere edificar un edificio de mentiras. Porque no explican que fuerza no tangible o invisible a nuestros sentidos físicos interactúa con nuestro cerebro físico estimulándolo a actuar así.
Quiero citar dos estudios, que vienen también del campo de la ciencia que contradicen tan “fáciles” conclusiones. Uno es un estudio realizado por la University College London (UCL), fue publicado en junio de 2004 por la revista científica NeuroImage.
En el mismo los investigadores dicen que amores como el que llamamos “romántico” o el maternal producen los mismos efectos en el cerebro. Suprimen la actividad neuronal que puede motivar la evaluación crítica del prójimo y las emociones negativas. De allí de eso que decimos habitualmente: “el amor es ciego”. Otro estudio de la misma universidad también demostró es que el amor puede provocar reacciones químicas similares a las de la cocaína o la velocidad, o sea nos pone “en las nubes”.
Otro estudio más reciente, de un equipo de neurocientíficos dirigidos por el Prof. Giacomo Rizzolatti, de la Universidad de Parma (Italia), han constatado que estamos biológicamente equipados (¿quién nos creo con esa naturaleza?) para la empatía, o sea para sentir lo que sienten los otros. Dicen que esto sucede porque tenemos unas neuronas llamadas espejo. “El mensaje más importante de las neuronas espejo es que demuestran que verdaderamente somos seres sociales. Nos ponen en el lugar del otro, pero no de forma abstracta o intelectual, sino sintiendo como él”, asegura Rizzolatti.
De la misma forma que la Teoría de la Evolución – que aprecia en lo básico algo cierto – no puede explicar quién es la causa original de ese plan, las ciencias que estudian el cerebro no pueden reducir nuestros sentimientos, valores, y actos a meras reacciones químicas. Creemos en ciertas cosas, deseamos ciertas cosas, tenemos las mismas preguntas, a lo largo de los siglos, porque hay una naturaleza más interior, que aunque no es física, es real, y a la que podemos llamar espiritual.
Corazón, conciencia, espíritu, alma, son distintas expresiones para llamar a aspectos de esa naturaleza interior. Mal que le pese y pesa a su sapiencia intelectual, Watson está equivocado. Tenemos algo muy “grande” dentro de “nosotros” y cuando no lo encontramos no es porque no exista sino porque no sabemos buscarlo.
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